Reflexiones

¿POR QUÉ REZO?

Rezo porque amo. Cuando quiero a una persona, me gusta hablar con ella mucho tiempo.

Pues lo mismo con Jesús.

En esos momentos digo todo lo que pienso, todo lo que se me ocurre.

Hablo de todo lo que importa a mí y a mis amigos.

Y luego escucho.

Porque cuando rezo, el padre, Jesús, y el Espíritu Santo están hablando conmigo. Me enseñan muchas cosas. Yo escucho, y así voy aprendiendo.

Además, puedo rezar en cualquier sitio: en la iglesia, en casa, en la cama, en el campo, bajo las estrellas, a la sombra de los árboles, por la calle…

Ni siquiera importa que esté sentado o de pie, de rodillas y apoyado en los talones como un japonesito o tumbado en el suelo. ¡Qué más da! A Dios le gusta hablar conmigo en cuaquier postura que me encuentre.

Le gusta verme ante Él. Me quiere tal y como soy, porque soy su hijo, porque soy la cosa más maravillosa que ha hecho.

¡Gracias Señor por quererme tanto!


(Podemos dejarles un par de minutos para que le cuenten algo a Jesús.)

     Cuento: EL PAJARITO Y EL INCENDIO

Una vez se produjo en la selva un incendio. Sus habitantes se quedaron horrorizados. El fuego amenazaba con devorar los árboles y los acogedores bosques. ¿Qué hacer?

Un pajarito que estaba muy triste corrió hacia el río, se metió dentro y luego se puso a volar sobre las llamas. Las gotas de agua que llevaba en sus plumas las esparcía sobre el fuego intentando apagarlo. Iba y venía del río incesantemente, repitiendo continuamente aquella maniobra.

Un zorro le dijo entonces:
– ¿Qué estás haciendo? ¿Crees que con esas gotitas de agua que te quedan en las plumas conseguirás apagar ese incendio tan grande?

El pajarito contestó:
– Ya sé que mi ayuda es insignificante ante ese fuego. Pero no puedo hacer más de lo que hago. Así por los menos sé que estoy cumpliendo con mi deber. Si todos hubiéramos colaborado en apagar el fuego según nuestras posibilidades, las llamas ya se habrían extinguido.
Y de nuevo volvió al trabajo.

 

El samurái

Cerca de Tokio vivía un anciano samurai, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por su falta de escrúpulos apareció por el barrio. Era un famoso provocador, que poseía una inteligencia privilegiada que le permitía ver los errores y puntos débiles de sus adversarios, y que era capaz de contraatacar con una velocidad fulminante. Este joven e impaciente guerrero jamás había perdido una pelea. Conocía la reputación del samurai y fue hasta allí para derrotarlo y aumentar así su fama.
Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo samurai sorprendentemente aceptó el desafío.
Todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzó a provocar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió la cara, lo insultó de todas las maneras posibles, llegando incluso a ofender a sus antepasados. Durante horas hizo todo lo posible para provocarlo, pero el viejo samurai permaneció impasible. Hasta que al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.
Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y  provocaciones, los alumnos le preguntaron: ¿Cómo pudiste soportar tanta humillación? ¿Por qué no usaste tu espada aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?

El anciano samurai respondió: Si alguien se acerca a ustedes para darles un regalo y no lo aceptan, ¿quién se queda con el obsequio? Quién intentó entregarlo, respondió uno de los alumnos.

Lo mismo vale para la ira, los insultos, la humillación… -dijo el maestro. Cuando no los aceptamos, se los queda aquél que quería dárnoslos.

“Cuando el sabio habla, a todos les cae bien; cuando el tonto abre la boca, provoca su propia ruina”. Eclesiastés 10:12